Cocinar cuando no tienes ganas de nada

Hay días en los que cocinar no es un placer, sino un acto necesario para seguir adelante. En esta entrega de Sin receta, Jimena Torres reflexiona sobre cómo alimentarse en los días grises, cuando la cocina se convierte en un trámite emocional más que en una experiencia creativa.

Hay días en los que simplemente no hay ganas. Te despiertas, y lo único que tienes claro es que no quieres mover ni un dedo, ni en la cocina ni en ningún otro lado. Esos días grises en los que el concepto de cocinar se convierte en una tarea monumental, una obligación, más que un acto de creatividad o disfrute. Pero, al final, te tienes que alimentar. No es opcional.

Estos días grises no tienen nombre ni fecha de vencimiento. Son los que te encuentran en casa, con el refri vacío o lleno de cosas que no te provocan ni un poquito. Y es entonces cuando el acto de cocinar pasa de ser una actividad placentera o creativa a un trámite. Un trámite necesario para seguir adelante, aunque no con entusiasmo.

Lo primero que me encuentro en esos días es que no hay energía para ir al supermercado ni para armar un menú complejo. Entonces, te enfrentas a lo que hay en el refri, y de repente un huevo se convierte en la comida más esperada del día. O unas lentejas se transforman en un plato reconfortante. La cocina en esos días no tiene pretensiones. Solo tiene que funcionar. Te salva de la fatiga y te da un respiro.

Lo que me pasa en estos días es que no busco crear una obra maestra, ni un plato digno de Instagram. Solo quiero algo que me permita continuar, que me dé la suficiente energía para seguir con el día. Y, aunque la comida no sea espectacular, siempre hay algo que al final sabe a consuelo. No importa si no es gourmet; un pan tostado con aguacate se vuelve el mejor manjar del mundo. Un caldo simple de pollo se convierte en un abrazo en el alma.

Cocinar en esos días también es un recordatorio de que, aunque no tengas ganas, estás ahí para ti misma. No todo tiene que ser una receta complicada o un plato de concurso. En esos días, lo que más vale es lo mínimo. Unas papas con cebolla, un arroz blanco, o incluso un par de tortillas con crema y sal. Son estos pequeños gestos los que nos reconfortan, aunque no los veamos como algo grandioso.

Es curioso cómo la cocina, cuando está despojada de expectativas, puede convertirse en un acto emocional. En esos días, cuando la motivación está por los suelos, un simple taco de frijoles se convierte en un gesto de cuidado propio. Es como si la comida tuviera el poder de llenarte de algo más que solo calorías. Te da un respiro, una pausa. Y a veces, eso es justo lo que necesitas para seguir adelante, aunque solo sea por un momento.

No todo tiene que ser complicado. A veces lo mejor es lo más sencillo: un huevo frito con salsa, un arroz con frijoles, o una sopa que se hace sola. La vida no siempre es glamour ni complicación, y tampoco tiene que serlo la comida. En esos días en los que no tienes ganas de nada, lo que te salva es lo que tienes a la mano. Lo que te sabe a casa, a comodidad, a algo que, aunque pequeño, te llena.

Y, al final del día, si hay algo que la cocina me ha enseñado es que, incluso cuando no tienes ganas, siempre puedes hacer algo con lo que tienes. Porque la cocina, aunque a veces no lo veas, también es una forma de resistencia. ⑧

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