Esto se ve increíble… ¿pero a qué sabe?

Hoy, muchos platos parecen diseñados más para lucir bien en pantalla que para dejar huella en el paladar. En esta entrega de Sin receta, Jimena Torres se pregunta: ¿cuándo dejamos de cocinar para alimentar y empezamos a hacer escenografía comestible?

Hay lugares donde la comida se ve increíble. Brilla, flota, combina. Tiene sombras calculadas, microverdes estratégicos y vajilla que parece alquilada. Todo perfecto, todo aesthetic. Pero luego pruebas el plato… y nada.
Ni sabor, ni alma. Pura escenografía.

Y entonces te preguntas: ¿esto era para comer o para tomarle foto?

No tengo nada en contra de que la comida se vea bien. Entiendo el valor del montaje, del color, del ritmo visual de un platillo. Pero cuando el plato está diseñado más para Instagram que para la boca, algo se rompe.

He trabajado en cocinas donde se invierte más tiempo en las flores comestibles que en probar el fondo de la salsa. Donde todo tiene que “verse caro”, aunque sepa a cartón. Donde se sirve espuma, gel, ceniza de lo que sea… pero sin sazón.
Y sí, las fotos quedan espectaculares.
Pero el comensal se va con hambre emocional.

Desde siempre, comemos con los ojos. Pero antes de que existieran los reels, lo hacíamos por apetito, no por algoritmo. Hoy, la imagen viene con reglas: el ángulo, el dorado perfecto, el contraste. Lo que no cumple con eso se descarta, aunque esté delicioso.

Una torta aplastada, un caldo turbio, unos frijoles espesos. Todo eso, que alimenta y reconforta, ya no entra en el cuadro. No es “postea-ble”. Y entonces lo dejamos fuera del discurso, del antojo, de la experiencia visible.

Comemos lo que se ve bien, aunque sepa a poco.
Ignoramos lo que sabe increíble, solo porque no entra en el filtro Valencia.

Yo he caído. He hecho platos pensando en cómo iban a verse en la carta, no en cómo iban a sentirse en la boca. He servido comidas preciosas que ni yo quise repetir.
Y he comido guisos sin forma ni fama que me han sostenido en días que ni yo me aguantaba.

Hay platos que no se ven bien. Pero que saben a todo.
Saben a tiempo, a intención, a historia.
Y sí, a veces vienen en plato feo. Ni modo.

Insisto, no estoy peleada con la estética. Pero sí con la falta de honestidad. La comida no es una pasarela. Es una experiencia que se muerde, se huele, se recuerda. Y lo bonito no debería anular lo sabroso.

No todo tiene que ser espectacular. Pero al menos que sepa a algo.
Si vamos a montar un plato, que sea para que se quede en el paladar, no solo en la memoria del celular.


Jimena Torres es chef de formación y columnista por necesidad expresiva.

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