Tras la represión en el Zócalo, surgen tres preguntas clave: ¿se volvió Morena un gobierno autoritario?, ¿por qué los jóvenes ya no creen en el discurso oficial?, y ¿es este el inicio del cambio político rumbo a 2027?
Las protestas del 15 de noviembre no solo dejaron imágenes de jóvenes y familias corriendo entre gas lacrimógeno, gritos y empujones frente a Palacio Nacional; dejaron también una fractura política difícil de reparar. El país presenció a un gobierno que, en cuestión de horas, pasó de minimizar el descontento ciudadano a utilizar la fuerza pública para dispersarlo, repitiendo exactamente aquello que durante años criticó.
La pregunta resulta inevitable: ¿Claudia Sheinbaum se convirtió en lo mismo que juró combatir?
La presidenta marchó en su juventud contra gobiernos autoritarios, denunció abusos policiales y defendió la protesta social como herramienta legítima en una democracia. Hoy enfrenta su reflejo en el espejo: vallas negras custodiando el Zócalo, manifestantes lastimados, jóvenes acusados de estar manipulados por “fuerzas externas” y un discurso oficial que reduce toda inconformidad al golpismo o la desinformación. Ese libreto, antes usado por el PRI y el PAN, ahora es replicado por quienes prometieron romper con el pasado.
Morena nació marchando. Hoy, desde el poder, se defiende reprimiendo.
Un gobierno que confunde gobernabilidad con obediencia
Las reacciones del oficialismo a nivel federal y estatal muestran un patrón preocupante:
— cercos policiacos frente a manifestaciones;
— persecuciones arbitrarias;
— descalificaciones sistemáticas a críticos, periodistas, estudiantes y colectivos;
— discursos que reducen toda protesta a complots, infiltrados o “campañas orquestadas”.
Esta conducta no es aislada: es un estilo de gobierno. Y, aunque Morena insiste en que actúa en defensa de la estabilidad, lo que transmite es la incapacidad para procesar la crítica sin recurrir a la fuerza.
El mensaje es claro: quien piensa diferente es adversario.
Ese es el terreno donde comienzan los gobiernos autoritarios.
Una generación que dejó de tener miedo
Más allá de la tensión política, lo que realmente sorprende es el surgimiento de una generación que no viene de partidos, sindicatos ni estructuras tradicionales. Jóvenes que crecieron en redes, que no le deben fidelidad a nadie y que están hartos de la violencia y la impunidad. Una generación que ve al poder sin reverencia y que no compra el discurso de que “antes estábamos peor”.
La protesta del 15 de noviembre fue caótica, sí, pero también fue auténtica. No tuvo un líder visible, no tuvo banderas partidistas y tampoco tuvo miedo. Ese es un punto de inflexión que el gobierno parece no comprender.
El Zócalo cercado con la palabra “#NARCOESTADO” pintada al frente fue una declaración de desconfianza. Un síntoma de una brecha creciente entre la narrativa oficial y la realidad que vive la gente.
¿Un anticipo de 2027?
Si algo ha demostrado la historia electoral mexicana es que las mayorías legislativas no son eternas. El hartazgo social suele expresarse con más fuerza en las elecciones intermedias, donde el voto de castigo se vuelve un ajuste de cuentas.
Hoy, Morena depende de una narrativa que ya no convence: la de “los de antes”, la del enemigo externo, la del país que solo avanza si el gobierno no es cuestionado. Pero las protestas de días recientes muestran que esos argumentos ya no conectan con un sector clave del electorado: los jóvenes urbanos, críticos, informados y cada vez más desencantados.
Si el gobierno mantiene la ruta de la descalificación y la fuerza, 2027 podría ser el año en que la mayoría oficialista se rompa. No por la oposición tradicional —que sigue débil y fragmentada— sino por una ciudadanía cansada de que se le pida aplaudir lo que claramente está fallando.
En política, las señales importan. Y la señal que enviaron miles de jóvenes el 15 de noviembre fue contundente: el miedo cambió de bando.
México está entrando en un nuevo ciclo político. Uno donde el poder ya no inspira respeto, sino exigencia. Uno donde la sociedad dejó de creer que cuestionar al gobierno es traición. Y uno donde la represión ya no silencia, sino que enciende.
Si Sheinbaum corrige el rumbo, el país podría evitar una fractura mayor. Si insiste en endurecerse, la historia podría repetirse: los gobiernos que se niegan a escuchar suelen aprender demasiado tarde que la calle siempre tiene la última palabra. ⑧


