Las tres malas ideas (y una omisión) de Sheinbaum sobre la estrategia de seguridad

En su intento por justificar una estrategia que no logra contener la violencia, la presidenta presenta tres alternativas absurdas y omite la más evidente: la inacción heredada de su antecesor.

La presidenta Claudia Sheinbaum defiende su estrategia de seguridad con cifras que se estrellan contra la realidad. Ayer lunes, desde Palacio Nacional, intentó blindar su narrativa presentando tres opciones extremas —una suerte de espejo distorsionado— para reforzar la idea de que su plan es el único sensato.

Según la mandataria, los críticos del gobierno estarían proponiendo tres caminos igualmente inviables:

  1. Una guerra frontal contra el narcotráfico al estilo Felipe Calderón;
  2. El empoderamiento de autodefensas y comisionados como en tiempos de Enrique Peña Nieto;
  3. Una intervención estadounidense con presencia militar directa en territorio mexicano.

Tres ideas pésimas. Y sin embargo, Sheinbaum las usa como contraste para que la suya parezca razonable. Es un viejo truco retórico: ofrecer alternativas malísimas para justificar una estrategia que no está dando resultados.

Porque lo cierto es que la violencia no cede. Las masacres continúan, los desplazamientos forzados crecen y los cárteles siguen expandiendo su control territorial. Ninguno de esos males se resuelve con discursos ni comparaciones forzadas. Y menos aún con una narrativa que busca confort en la negación: si todo lo demás es peor, entonces lo que hacemos debe ser lo correcto.

Lo que resulta más revelador, sin embargo, no es lo que Sheinbaum dijo, sino lo que calló. Si de mirar al pasado se trata, hay un sexenio que convenientemente decidió omitir: el de su antecesor y mentor político, Andrés Manuel López Obrador. Fue en ese periodo cuando se instaló una estrategia de inacción convertida en eslogan: “abrazos, no balazos”. Una política que, bajo el discurso de la pacificación, terminó por consolidar un Estado espectador, no garante.

El resultado de esa apuesta por la contención pasiva está a la vista: regiones enteras sometidas por el crimen organizado, policías municipales abandonadas, Fuerzas Armadas convertidas en constructores de aeropuertos y operadores de aduanas, y una sociedad civil cada vez más desprotegida. Todo mientras las cifras oficiales hablaban de una “reducción” que nunca se tradujo en seguridad real para nadie.

Claudia Sheinbaum, formada políticamente bajo esa administración, no puede desligarse de esa herencia. Su estrategia actual no rompe con el pasado inmediato: lo prolonga. La militarización continúa. Los abrazos siguen, aunque ahora se acompañen de conferencias y cifras que buscan maquillar la realidad que resulta avasallante.

Cuando la presidenta intenta definir su proyecto de seguridad en contraste con los modelos de Calderón o Peña Nieto, elude el espejo más incómodo: el de López Obrador. Porque si hay un modelo que de verdad sigue vigente es el de la inacción, el de dejar hacer, dejar pasar, el de preferir la estadística al enfrentamiento directo con la criminalidad.

México no necesita elegir entre tres horrores y una resignación. Necesita liderazgo, coordinación, inteligencia, y una narrativa que reconozca lo evidente: el fracaso no solo es de quienes declararon la guerra, sino también de quienes pretendieron ganarla con abrazos.

Y si se cambia de estrategia, ¿Qué debería venir? Tal vez una que combine investigación policial, Estado de derecho, así como la aplicación firme de la fuerza del Estado donde y cuando sea necesario. Pero ninguna política de seguridad funcionará realmente mientras la ley se aplique a medias. Ese será el verdadero reto para Sheinbaum: romper con la impunidad estructural que protege a los suyos. Empiece por su casa presidenta: investigue y procese a los miembros de su gobierno y partido coludidos con el crimen organizado. Muchos de ellos son piezas centrales del entramado que tiene al país sumido en una crisis de inseguridad. El buen juez, por su casa empieza.

Lo preocupante no es que Sheinbaum defienda su estrategia; lo preocupante es que no tenga una mejor, una más efectiva que los sexenios anteriores. Y que al omitir el sexenio anterior, confirme que el país está condenado a discutir siempre entre las mismas opciones: guerra o abandono, represión o indiferencia. Ninguna de ellas construye paz.

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