El Buque Cuauhtémoc y el naufragio de la 4T

Un accidente naval encendió más que alertas de seguridad.
El Buque Escuela Cuauhtémoc terminó revelando el rumbo perdido de un gobierno que confunde símbolo con dirección.

El reciente accidente del Buque Escuela Cuauhtémoc en Nueva York —donde murieron dos cadetes y al menos 22 resultaron lesionados— no es solo una tragedia naval. Es, en muchos sentidos, un símbolo perfecto del estado en que se encuentra México tras casi seis años de la llamada Cuarta Transformación: un país que navega a ciegas, dirigido con soberbia, sin rumbo técnico y sostenido únicamente por discursos demagógicos.

La imagen del mástil principal del Cuauhtémoc chocando contra el puente de Brooklyn mientras se desplegaban las velas refleja con brutal claridad la manera en que Morena ha gobernado el país y ha implementado sus proyectos: sin planeación, sin escucha, sin cuidado, pero con una épica grandilocuente que pretende encubrir los errores con símbolos patrióticos.

No es la primera vez que el “Caballero de los Mares” protagoniza un hecho lamentable. En 2017, la cadete Eva Lidia Nava Guzmán cayó al mar y murió durante maniobras en plena tormenta cerca de Mumbai, India. El entonces comandante lo calificó de “hecho inusitado”, aunque hoy sabemos que el buque sigue operando pese a su antigüedad y al desgaste acumulado, exponiendo a jóvenes aspirantes a situaciones extremas sin garantías mínimas de seguridad .

Este patrón —romanticismo institucional disfrazando negligencia— no es exclusivo del buque. Lo hemos visto a gran escala en los proyectos estrella del gobierno de Morena: la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA).

Dos Bocas, concebida como emblema de autosuficiencia energética, ha duplicado su presupuesto y no ha comenzado a producir gasolina de forma continua. El Tren Maya, impuesto a machetazo limpio en la selva, ha destruido ecosistemas y patrimonio arqueológico para ofrecer un servicio que aún no opera plenamente. El AIFA, forzado como solución aeroportuaria, funciona con baja demanda y limitada conectividad, mientras se estrangula intencionalmente al AICM para hacerlo parecer viable. Todos son proyectos que, como el Cuauhtémoc, avanzan por inercia institucional, aunque ya hayan chocado con la realidad.

En el mismo Buque Escuela Cuauhtémoc, ya en puerto, con la bandera mexicana ondeando, en días previos al accidente, se documentó la realización de actos de proselitismo político dentro del navío a favor de la Reforma Judicial impulsada por Morena, promoviendo el voto para dos candidatos del oficialismo: Lenia Batres y César Mario Gutiérrez Priego. Que se usen instalaciones de la Marina para inducir el voto y promover una agenda partidista no solo es inmoral; es ilegal.

Ese acto, por sí solo, desmantela la narrativa de neutralidad de las Fuerzas Armadas y confirma lo que muchos hemos denunciado: la militarización del país no solo ha sido logística y presupuestal, también ha sido ideológica. Se ha cruzado una línea peligrosa. La Marina, que debería representar al Estado mexicano, fue usada como plataforma electoral del partido en el poder.

Y mientras esto ocurre, Morena avanza con su intento de demolición institucional a través de la Reforma Judicial, que busca someter al Poder Judicial al escrutinio del voto popular, abriendo la puerta a su control político. La supuesta democratización es, en realidad, un asalto a la división de poderes. Así como el Cuauhtémoc es forzado a navegar más allá de sus límites, las instituciones del país son arrastradas hacia un horizonte autoritario, disfrazado de voluntad popular.

Claro y de Frente
El Buque Escuela Cuauhtémoc ha sido, por años, un símbolo del espíritu y la tradición naval de México. Su presencia en distintos puertos del mundo ha llevado con orgullo la bandera nacional, aunque su historia no ha estado exenta de episodios lamentables. Lo sucedido recientemente es profundamente triste, y extiendo mis condolencias a los marinos lesionados y a las familias de quienes perdieron la vida en este trágico accidente.

Pero a pesar de la tragedia, es también una advertencia. La Cuarta Transformación, como ese buque viejo y golpeado, insiste en navegar con rumbo mítico, ignorando las señales, desdeñando la crítica y celebrando sus fracasos como si fueran gestas heroicas. El problema es que en ese viaje, los que terminan cayendo al mar —o chocando con un puente— no son los capitanes, sino los que van abajo: la ciudadanía, la democracia y el futuro del país. ⑧


Las opiniones aquí vertidas son el punto de vista personal del autor y no necesariamente representan la posición oficial de Hedosapiem, sus editores o colaboradores.

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