Emilia Pérez prometía ser una película revolucionaria: narcos, identidad de género, drama, música y crítica social en un solo paquete. Sin embargo, en lugar de impactar, dejó a muchos mexicanos con la ceja levantada y la sensación de que algo no terminaba de encajar.
¿Fue por las desafortunadas declaraciones de su director francés? Quizás. Pero el problema va más allá.
Una narrativa forzada
La idea de que un capo sanguinario se convierte en buena persona solo por cambiar de género es, como mínimo, simplista. No es que no se pueda construir un personaje con esa evolución, pero en Emilia Pérez se siente más como un atajo narrativo que como un desarrollo genuino. Se nos quiere vender la idea de que el cambio de identidad trajo consigo una iluminación moral, pero el personaje sigue manipulando, controlando y ejerciendo violencia.
¿O acaso pertenecer a la comunidad LGBT+ automáticamente te convierte en una buena persona? La naturaleza humana es mucho más compleja: nadie es completamente bueno ni completamente malo.
La abogada: una heroína a medias
La abogada, que se supone es el ancla moral de la historia, termina secuestrada emocionalmente (y literalmente) por «Manitas». Su papel de «heroína» se diluye cuando es obligada a seguir ayudándolo bajo la excusa de una causa noble.
¿Puede alguien ser un verdadero héroe si actúa por coacción? En este caso, su motivación también es el dinero, pues se la retrata viviendo en lo que parece ser uno de los barrios más peligrosos de México, similar a Tepito. Aunque, en realidad, hoy en día cualquier calle en México puede ser peligrosa.
Narcos sin opción
Otro tema que me resultó molesto es la idea de que los narcos «no tienen otra opción». Este argumento simplifica en exceso una realidad sumamente compleja. Sí, existen contextos de pobreza y falta de oportunidades, pero también hay decisiones conscientes, ambición y una búsqueda de poder. No todo se reduce a «no tenía de otra».
La fantasía de la justicia rápida
La película nos quiere hacer creer que es fácil obtener confesiones de criminales arrepentidos, como si hablar con ellos fuera suficiente para conocer el paradero de los desaparecidos. Si fuera tan simple, ya habrían encontrado a los 43 de Ayotzinapa. Pero no lo es.
Esto duele especialmente porque banaliza una tragedia nacional y ofende a los colectivos de madres buscadoras, mujeres que día a día enfrentan amenazas y arriesgan su vida en la búsqueda de sus seres queridos.
Hubiera sido un gran giro narrativo que «Manitas», con su conocimiento interno del crimen organizado, las ayudara en su lucha contra su antiguo gremio. Eso habría dado más profundidad a la historia y un impacto emocional real.
Música y ritmo que no cuajaron
Los números musicales y la edición parecían más un experimento fallido que una propuesta innovadora. En lugar de darle dinamismo a la historia, hicieron que la película se sintiera interminable, como una serie que no sabes si terminar o abandonar. Ni siquiera sirve como fondo para lavar los platos.
Entonces, ¿hubiera funcionado sin las declaraciones del director?
Tal vez habría tenido más margen para ser juzgada solo por su contenido. Pero el problema principal es que intenta contar una historia mexicana desde una visión externa que no comprende del todo las heridas abiertas que toca.
En sus últimas declaraciones, Jacques Audiard mencionó que «el buen gusto y la inteligencia siempre ganan». Pero, ¿acaso no es posible reconocer un buen vino sin ser un experto?, ¿destacar un cuadro en una galería sin ser un crítico de arte?, ¿una película muda no puede generar más emociones que un guión sobrecargado de diálogos?
Esto no es solo una crítica a las múltiples declaraciones del director y su protagonista. Es un rechazo a la imposición de ciertos discursos bajo la etiqueta de la cultura woke, que muchas veces prioriza cumplir con una agenda en lugar de contar una historia auténtica y bien estructurada.
Y con eso, ni la mejor banda sonora podría salvarla. Porque el cine, como cualquier forma de arte, no solo debe aspirar a cumplir con una tendencia o ser un manifiesto de corrección política, sino a resonar con quienes lo ven. La autenticidad es lo que trasciende, lo que deja huella, lo que convierte una obra en algo que realmente impacta. Si Emilia Pérez hubiera comprendido esto, quizá estaríamos hablando de una historia que, en lugar de levantar cejas, habría dejado una verdadera marca en el cine y en la audiencia.


