Criminalización del periodismo en Veracruz: el caso de Rafael “Lafita” León

La detención y procesamiento del periodista Rafael “Lafita” León en Veracruz, bajo cargos que incluyeron terrorismo —finalmente desechados—, reabre el debate sobre el uso del sistema penal para intimidar a la prensa crítica y pone a prueba las garantías reales de la libertad de expresión en México.

La detención y posterior procesamiento del periodista Rafael León Segovia, conocido como “Lafita”, ha reavivado el debate nacional sobre los límites del poder punitivo del Estado y el uso del sistema penal contra la prensa crítica. Lo que comenzó como una acusación por terrorismo —finalmente descartada por falta de pruebas— derivó en un proceso judicial que, para defensores de derechos humanos y colegas del gremio, ilustra un patrón preocupante: la judicialización del trabajo periodístico.

El caso no solo exhibe inconsistencias jurídicas, sino que plantea preguntas de fondo sobre las garantías reales para ejercer el periodismo en una de las entidades con mayor historial de agresiones a comunicadores.

De la detención al proceso penal

El 24 de diciembre de 2025, León fue detenido en su domicilio en Coatzacoalcos. La Fiscalía General del Estado de Veracruz lo presentó ante un juez con cargos que incluían terrorismo. Días después, en audiencia, el tribunal rechazó ese delito al considerar que la fiscalía no logró acreditar los elementos mínimos. Aun así, el periodista quedó vinculado a proceso por encubrimiento por favorecimiento y delitos contra las instituciones de seguridad pública, bajo la medida cautelar de prisión domiciliaria.

La secuencia de decisiones —retirar el cargo más grave y mantener el proceso por otras figuras penales— alimentó la percepción de que el caso buscaba castigar y disuadir más que investigar hechos concretos. Para organizaciones de libertad de expresión, el mensaje es inequívoco: aun cuando una acusación se cae, el costo judicial persiste.

Una renuncia que no disipa las dudas

A comienzos de enero de 2026, la fiscal regional que llevó el expediente presentó su renuncia. El relevo fue inmediato y se atribuyó a motivos personales. Sin embargo, el cambio ocurrió en medio del escrutinio público por la endeblez del caso y por el uso inicial de una tipificación extrema. La salida, lejos de cerrar el episodio, acentuó las dudas sobre la conducción de la investigación y la rendición de cuentas dentro de la fiscalía.

“No es justicia, es persecución”: la versión del periodista

Desde el inicio, León sostuvo que su detención respondió a su trabajo informativo, particularmente a coberturas incómodas sobre seguridad. Denunció irregularidades en el arresto y anunció recursos ante instancias de derechos humanos, incluida la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Para el periodista, el proceso penal no es un fin en sí mismo, sino un mecanismo de presión que busca inhibir la crítica.

El respaldo de colegas y colectivos civiles reforzó esa lectura. En un entorno donde el riesgo físico es cotidiano, el riesgo judicial se suma como una nueva capa de amenaza.

El problema de fondo: tipificar para intimidar

El uso del delito de terrorismo contra un periodista —aunque haya sido descartado— marcó un punto de inflexión. En México, esa figura se reserva para conductas con impacto social extremo; aplicarla a un comunicador eleva el umbral de intimidación y envía una señal disuasoria a todo el gremio. La corrección judicial no borra el precedente ni el daño reputacional y personal causado durante el proceso.

Este patrón no es aislado. La combinación de detenciones, procesos prolongados y medidas cautelares restrictivas configura un escenario en el que informar puede convertirse en una carga penal, incluso cuando no hay pruebas suficientes.

Libertad de expresión bajo presión constante

En Veracruz, el periodismo se ejerce históricamente bajo amenaza. El caso León se inserta en una tendencia más amplia de hostigamiento institucional, donde la ley se utiliza para acotar la crítica. La protección efectiva de la libertad de expresión no se mide por declaraciones oficiales, sino por prácticas: investigaciones sólidas, debido proceso y la no instrumentalización del derecho penal.

Una alerta para la democracia

El procesamiento de Rafael León deja una advertencia clara. Cuando el Estado recurre a cargos desproporcionados o mantiene procesos pese a la falta de sustento, no solo se vulnera a un periodista, se afecta el derecho de la sociedad a estar informada. La prensa cumple una función de contrapoder; criminalizarla erosiona la base misma de la democracia.

Más allá del desenlace judicial, el caso exige una revisión profunda de cómo se investigan y procesan a comunicadores en México. La pregunta ya no es solo qué pasará con Rafael León, sino qué garantías existen para que informar no sea tratado como un delito.

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