ABC suspendió Jimmy Kimmel Live! el miércoles pasado y lo regresó al aire de nuevo unos días después. ¿La razón oficial? “No escalar la tensión” tras el asesinato de Charlie Kirk. ¿La verdadera razón? Miedo a la reacción política y regulatoria.
El episodio fue breve, pero revelador. Jimmy Kimmel, comediante y anfitrión de ABC —cadena propiedad de Disney— hizo comentarios punzantes para la ultraderecha en el contexto del asesinato del activista conservador Charlie Kirk. La reacción de la televisora fue inmediata: sacar del aire Jimmy Kimmel Live! de un día para otro. La explicación corporativa sonó a trámite: una pausa para “no escalar la tensión”. Menos de una semana después, el show vuelve al aire. Pero ese parpadeo dejó una huella: para la cadena, la primera respuesta fue callar la voz.
No hubo orden formal, pero sí señales claras. El presidente de la FCC, Brendan Carr, publicó advertencias públicas y sugirió que los afiliados que continuaran con el programa se exponían a quejas, multas o incluso problemas con sus licencias. En paralelo, dos grandes grupos —Nexstar y Sinclair— retiraron el show de más de un centenar de estaciones. Todo esto sucede mientras Nexstar intenta cerrar una fusión de 6,200 millones de dólares con TEGNA que necesita el visto bueno de la propia FCC.
Más de 400 artistas y creadores, en una carta impulsada por la ACLU, pidieron el regreso del programa y defendieron la libertad de expresión del comediante. La misiva convirtió un al caso en un asunto de principios: si un late night show se suspende por presión política, el problema no es el chiste, sino el precedente que deja.
Disney puede decidir su programación, sin duda. El problema es cuando la decisión nace del temor a la sanción y no del criterio editorial. Ahí comienza la autocensura preventiva: un productor corta el chiste antes de que lo corten a él; un ejecutivo baja el switch antes de que llegue el expediente. El mensaje a las salas de escritores es simple: eviten las zonas rojas.
La libertad de expresión no es carta blanca para la impunidad verbal, pero tampoco puede quedar al vaivén del sentido del humor de un regulador o del cálculo de un consejo de administración. Si el comentario fue torpe o insensible, el foro para discutirlo es el mismo espacio público en que se emitió. Un medio puede corregir, contextualizar, ofrecer réplica; lo que no debe es censurar por reflejo condicionado.
Kimmel vuelve al aire y eso está bien. También es importante es lo que queda detrás: un manual de cómo se instala el miedo. Un comisionado sugiere que “no hemos terminado” y una compañía gigantesca se cubre antes de la tormenta. No hizo falta una orden oficial: bastó el guiño. Y, de paso, una fusión multimillonaria en revisión.
La libertad de expresión no se protege solo con comunicados: se cuida con reglas claras dentro de las redacciones y con espaldas anchas en los corporativos.
El regreso de Jimmy Kimmel Live! es una victoria, pero también es una llamada de alerta. Si cada chiste se debe calibrar según la piel delgada del poder en turno lo que viene no es neutralidad: es autocensura. Y una democracia que le toma miedo a la sátira política, tarde o temprano, limita la libertad de expresión. ⑧
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