Desmantelando el puente

La democracia mexicana atraviesa un momento crucial: no es el ruido de un solo golpe, sino el susurro constante de reformas que, gota a gota, erosionan la confianza y la rendición de cuentas.

A lo largo de los últimos meses, hemos visto cómo instituciones que antes parecían pilares inamovibles de la democracia en México —INAI, Coneval, INE o la autonomía judicial— quedaron reducidas a meros vestigios de su propósito original. No es casualidad: cada recorte presupuestal, cada vacante estratégica, cada cambio a la legislación saca un ladrillo del puente que limita al poder.

El efecto acumulado es claro: una Comisión de Derechos Humanos cooptada, un árbitro electoral con dudosa imparcialidad y un Poder Judicial más proclive a la cercanía política que a la justicia. Junto a esto, un ejército interno con facetas de policía política y un Estado equipado para la vigilancia sin contrapesos.

El desafío va más allá de la indignación; requiere entender el rumbo al que nos empuja este ajedrez institucional. Cuando el Ejecutivo acapara funciones, decide quién informa, quién evalúa y quién sanciona, el gobierno deja de ser un servidor público para convertirse en el arquitecto de su propia impunidad.

El riesgo no está solo en la desaparición de contrapesos; está en el desaliento ciudadano que provoca la sensación de que nada cambiará. Una sociedad que percibe que el sistema está diseñado para evitar la rendición de cuentas tiende a retraerse de la participación, a resignarse.

Desde una óptica democrática, la paradoja es inquietante: este gobierno ha logrado presentar cada debilitamiento institucional como fruto de la voluntad popular y cada reforma como un acto de legalidad inobjetable. Al legitimar sus propias decisiones y acallar a los contrapesos, se perfila un régimen donde la ley se pliega al poder. La democracia deja de ser un sistema de pesos y contrapesos y carece de la posibilidad de representar opiniones distintas a la narrativa oficial, convirtiéndose en un reflejo de las aspiraciones del Ejecutivo, con un sutil aroma de autoritarismo que duerme en cada decreto.

La conclusión es ineludible; sin transparencia efectiva ni mecanismos autónomos de evaluación, sin un árbitro electoral creíble ni jueces independientes, cualquier elección, cualquier decisión pública carece de legitimidad y de la confianza ciudadana necesarios para sostenerse.

El futuro dependerá de la reacción colectiva. Detener este desmantelamiento exige más que protestas simbólicas: requiere exigir organismos autónomos, litigar ante tribunales internacionales, y, sobre todo, apostar por la vigilancia ciudadana sistemática.

La democracia se construye con puentes, no con muros. Si el puente democrático se sigue derrumbando, el país corre el riesgo de quedar sometido a un régimen que no da voz a todos sus ciudadanos.

La pregunta final es sencilla y urgente: ¿Vamos a aceptar el derrumbe silencioso, o vamos a reconstruir el puente… antes de que sea demasiado tarde? ⑧


Las opiniones vertidas son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la posición oficial de Hedosapiem.

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