En política, los cargos no cambian a las personas. Solo amplifican lo que ya son. Esta es una historia sobre abuso de poder, fragilidad y exhibición pública.
Ahora sí lo hiciste, José Gerardo Rodolfo Fernández Noroña.
Ahora sí se te pasó la mano. Pensaste que era una buena idea. Que tenías que enviar un mensaje claro y contundente: nadie debería faltarte al respeto. ¡Ahora eres el Presidente del Senado de la República, después de todo! Deben “respetar la investidura”.
Pero, sobre todo, deben respetarte a ti. Ya eres alguien importante, con una carrera política forjada en la lucha, cercano al pueblo.
Tus inicios te marcaron. Tu necesidad imperiosa de pertenecer a un movimiento que parecía no necesitarte te obligó a abrirte camino a la fuerza, siendo más combativo y más atrevido que los demás. Rindió frutos en un entorno donde se premiaba ser osado. Por fin eras parte de algo. Les enseñaste a necesitarte. Nadie te abrió el espacio, tú mismo lo creaste.
¿Has pensado qué pasaría si todos los que has increpado en el pasado iniciaran una acción legal en tu contra y te obligaran a pedir disculpas en un acto similar de humillación pública como el que promoviste? Sería como un reality del infierno que no terminaría nunca.
¡¿De qué estoy hablando?! ¡Por supuesto que no has pensado en eso! Después de todo, todos esos actos teatrales eran parte de una estrategia para hacerte un nombre, para romper el ciclo de noticias. No era personal.
Para ti, esto otro fue diferente. Lo que sucedió en la sala VIP de American Express lo percibiste como una afrenta a tu persona. «¿Quién se cree este sujeto, no sabe con quién está hablando?»
Pero tu necesidad de validación y tu ego frágil terminaron imponiéndose sobre el sentido común y la lógica pragmática. Ni la más mínima idea de mesura pasó por tu mente. Todo lo que deseabas era venganza, retribución y un sentido retorcido de justicia personal.
Te entusiasmaba la escena: que te aplaudieran o que te temieran —cualquiera servía.
Lo tenías que echar todo a perder. Espera y verás. Te van a ver diferente, pero no como tú querías. ¿Por qué? Porque te mostraste tal cual eres. Dejaste claro lo que te duele y te lastima, pero, más contundente aún, mostraste lo que necesitas y anhelas.
Te lo digo, Gerardo: cuando las personas leen claramente a alguien —con todos sus defectos e inseguridades— difícilmente borran esa imagen. Al contrario, ahí se queda y moldea el resto de sus afectos y actitudes.
Y lo más lamentable, lo más dramático, es que evidenciaste tu pequeñez humana. Tu veta autoritaria. Y por eso, a partir de ahora, tu luz se empezará a apagar. Llegaste a la cúspide y ahora todo será de bajada. Subiste rápido, pero reventaste igual de fuerte. Ahora inicia la caída.
Sí, es brutal. Lo sé.
Pero para ti, no es injusto.
Es exactamente lo que construiste.
No entendiste que debías mesurarte ahora, desde tu nueva posición de poder. Era momento de dejar atrás las viejas prácticas de porro para convertirte en un estadista. Una figura que realmente pudiera ser considerada en serio para posiciones más altas.
Pero las viejas costumbres son difíciles de abandonar.
O, peor aún, quizá ya te consideras un producto terminado.
En lo personal, lo que no te voy a perdonar es que me hayas obligado a darle la razón a otro personaje de la política nacional que considero inmamable: Ricardo Anaya. Cuando declaró:
“Es un problema de asimetría brutal, porque el servidor público tiene acceso a recursos, a abogados, a influencia en el Poder Judicial, y el ciudadano no. Entonces, el hecho de que desde el poder se obligue a un ciudadano a actuar en esas condiciones, me parece incorrecto y, efectivamente, podría tratarse de un abuso de poder.”
Nunca pensé decir esto, pero tiene razón.
Lo que hiciste es abuso de poder.
No se le puede llamar de otra manera.
Por ahí debimos haber empezado, y nos habríamos ahorrado toda esta diatriba.
¿Qué sigue para ti?
Cuando todo empiece a desmoronarse, en tu desesperación vas a doblar la apuesta. Te volverás más beligerante, más caótico, convencido de que así entrarás a la siguiente etapa de tu vida pública: una versión amplificada de ti mismo, más ruido, menos cálculo.
Pero no olvides esto: la debacle será tuya, y solo tuya.
Porque este mundo que construiste —el que ahora se viene abajo— nació de un berrinche. ⑧
Las opiniones aquí vertidas son el punto de vista personal del autor y no necesariamente representan la posición oficial de Hedosapiem, sus editores o colaboradores.


