¿La empatía ya está cancelada?

(o por qué la muerte viral nos está costando el alma)

Queridos míos, regresé. No con el café frío esta vez, sino con un doble de tila porque el coraje me rebasó después de leer (y ver) lo que circula impunemente por las redes: el asesinato de Valeria Márquez, una joven de 23 años, transmitido en vivo por TikTok desde su salón de belleza en Zapopan, Jalisco. ¿La viste? Seguro sí. Porque eso es lo que hacemos ahora: ver, compartir, comentar… y seguir haciendo scroll.

Valeria tenía una vida. Una historia. Una familia. Pero eso no es tendencia. Lo que sí lo fue: un instante de horror, sin censura, sin advertencia de contenido, sin pausa. Algunos hicieron duetos. Otros hicieron zoom. Y ahí está el verdadero crimen: la normalización del morbo. Porque el algoritmo exige variedad, pero no profundidad.

Mientras tanto, en el Rancho Izaguirre, también en Jalisco, se encontraron restos humanos calcinados y pertenencias vinculadas al crimen organizado. La Oficina de Derechos Humanos de la ONU pidió una investigación seria y urgente. Pero claro, eso no trae likes. No tiene filtros. No se comparte.

La diferencia en atención mediática entre ambos casos es brutal. El asesinato de Valeria fue trending topic. El hallazgo de un presunto campo de exterminio, una nota perdida en medio del caos digital. La empatía colectiva parece activarse solo cuando el horror viene en 1080p y con hashtags.

La tragedia convirtió a Valeria en trending póstumo. No por su talento, ni por sus ideas, ni por su autenticidad. Se volvió viral por ser el rostro del horror en HD. Su vida se transformó en contenido. Su muerte, en entretenimiento. Y nosotros, adictos al drama y al algoritmo, seguimos alimentando al monstruo: más sangre, más impacto, más historias reales con el toque justo de terror para que parezcan ficción.

¿En qué momento dejamos de ver personas y empezamos a ver «contenido»? ¿Cuándo una víctima dejó de ser una tragedia y se convirtió en un clip viral?

Lo más triste no es solo que Valeria haya muerto. Es que para muchos, eso fue lo más relevante que hizo. Que su asesinato se convirtiera en su «currículum exitoso». Que miles la conocieran no por cómo vivió, sino por cómo murió.

Así estamos: en un país donde el horror tiene mejor engagement que la esperanza. Donde una transmisión en vivo pesa más que una denuncia formal. Donde el morbo es moneda corriente y la empatía, bueno… está en liquidación.

En un país donde 16.3 mujeres son asesinadas al día —dato del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, por si lo quieren comprobar— nos hemos vuelto expertos en ignorar la violencia si no viene con buena iluminación.

Nos conmueve momentáneamente una tragedia viral, pero ignoramos fosas comunes en nuestro propio patio. Nos horrorizamos por segundos, antes de compartir el siguiente meme. Y eso, mis amores, no es insensibilidad: es complicidad disfrazada de entretenimiento.

¿Podemos hacer algo? Sí. Podemos dejar de compartir ese tipo de contenido. No entrar en teorías conspirativas ni debates morbosos. Exigir justicia, denunciar, alzar la voz. Por Valeria. Y por todas las que no fueron influencers y no tendrán cobertura mediática, pero igual fueron asesinadas.

A Valeria le costó la vida volverse viral. Y a nosotros, nos está costando el alma. ⑧


La Tía Sarcástica no está disponible para juntas los domingos. Ni los lunes. A veces los martes tampoco.

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