En estos días, la política cultural ya no es una conversación sobre identidad. Es una disputa por el control. Desde el poder, parece que también quieren decidir lo que vemos, lo que escuchamos y lo que pensamos.
¿En qué se parecen Claudia Sheinbaum y Donald Trump? La pregunta puede sonar provocadora, pero tiene sustancia. Ambos han defendido la idea de que el Estado debe intervenir para frenar la influencia de contenidos extranjeros en medios y plataformas. Con estilos distintos —ella científica, él showman—, los dos comparten la idea de que proteger lo nacional requiere regular lo que circula.
En Estados Unidos, Trump propuso un arancel del 100% a películas hechas fuera del país. Dijo que representaban una amenaza a la seguridad nacional. Después su equipo suavizó el mensaje: “no hay decisiones finales”, pero están “explorando todas las opciones para proteger Hollywood”. La amenaza sigue viva.
En México, Sheinbaum habló recientemente de la necesidad de revisar el desequilibrio entre contenidos nacionales y extranjeros en plataformas digitales. Pero más allá del comentario, lo que encendió las alertas fue la propuesta de reforma a la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión presentada en el Congreso, impulsada por Morena. La iniciativa plantea que el Estado pueda emitir lineamientos sobre el tipo de contenidos que deben priorizar los concesionarios y plataformas para “garantizar la soberanía cultural”.
Lo interesante —y lo inquietante— es que tanto Trump como Sheinbaum apelan a lo mismo: la idea de que la ciudadanía necesita ser protegida de lo extranjero. Que el algoritmo, las plataformas digitales o los contenidos no alineados son una amenaza. Y que la solución, entonces, es regular desde arriba. Llámale “soberanía digital” o “patriotismo audiovisual”, al final es lo mismo: decidir qué se ve, qué se escucha y qué se transmite.
Es cierto que las plataformas globales favorecen ciertos idiomas, narrativas y modelos. Pero una cosa es equilibrar la cancha, y otra muy distinta es cerrarla. Promover cultura nacional no es lo mismo que controlar contenidos. Regular no puede significar filtrar.
Cuando el gobierno reduce la diversidad de voces, no solo quiere proteger la identidad; también se protege a sí mismo. Un entorno mediático más controlado casi siempre beneficia al que ya tiene el micrófono más grande.
Defender lo nacional es válido. Lo que no se vale es usar esa causa como pretexto para decidir qué puede circular. Lo nacional no se impone. Se construye, se elige, se gana.
La verdadera soberanía cultural no se decreta. Se vive en libertad.
Porque al final, lo que está en juego no es si vemos más contenidos nacionales o menos películas extranjeras. Lo que está en juego es si el gobierno puede, en nombre de la cultura, decirnos qué consumir… y qué no. 🎱
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