En los últimos años, el gobierno mexicano ha buscado influir en diversas decisiones personales, desde lo que consumimos hasta cómo nos movemos. Pero, ¿hasta qué punto debe el Estado intervenir en nuestras vidas?
En los últimos años, parece que el gobierno mexicano quiere estar en todos los aspectos de nuestras vidas. Desde lo que comemos, hasta cómo nos movemos por la ciudad o incluso cómo «vivir mejor». Pero, ¿hasta qué punto debe meterse en las decisiones personales de los ciudadanos?
Desde la administración de Andrés Manuel López Obrador y hasta la de Claudia Sheinbaum, hemos sido testigos de cómo algunas políticas públicas buscan influir directamente en lo que los ciudadanos hacemos todos los días. Aunque muchas de estas políticas se venden como soluciones para el «bienestar», es importante preguntarnos: ¿es ético que el gobierno decida cómo debemos vivir nuestras vidas?
Uno de los pensadores más importantes sobre la libertad, John Stuart Mill, nos dejó una idea clave: «El gobierno solo tiene derecho a intervenir en la vida de una persona si esa persona está causando daño a los demás.» Si lo que hacemos no afecta a nadie más, ¿por qué el gobierno tiene que meterse? Es una reflexión clave en una democracia.
El principio de «no hacer daño a otros» debería ser la base para cualquier intervención del gobierno. Si nuestras decisiones personales no afectan a los demás, ¿por qué alguien más debería decidir por nosotros?
Otro pensador importante, Isaiah Berlin, habló de dos tipos de libertad: la libertad negativa y la libertad positiva. La libertad negativa es la más sencilla: no ser molestado, no ser intervenido por el gobierno. La libertad positiva, en cambio, es la idea de que el gobierno puede ayudar a que las personas tengan una vida mejor, proporcionándoles las herramientas para ser libres.
El problema es que cuando el gobierno decide qué está bien y qué está mal, en lugar de solo regular las cosas básicas, empieza a invadir nuestra vida personal. A veces, este tipo de intervención bajo el pretexto de «el bien común» termina limitando nuestra libertad para tomar nuestras propias decisiones.
Si miramos ejemplos internacionales, China y Cuba son modelos de gobiernos que no solo controlan lo que se dice, sino cómo se vive. En China, el gobierno regula hasta las interacciones sociales, las creencias, y la forma de consumir información. En Cuba, la vida cotidiana está completamente controlada por el Estado: lo que la gente puede consumir, las actividades que pueden hacer, y hasta el tipo de vida que deben llevar.
Aunque México no es un país autoritario como China o Cuba, algunas políticas ya empiezan a parecer querer regular lo que consideramos nuestra autonomía personal. La pregunta sigue siendo: ¿debe el gobierno decirnos qué consumir o cómo vivir nuestras vidas?
El punto aquí es quién tiene el derecho de decidir lo que es mejor para nosotros. Claro, el gobierno debe regular aspectos básicos de la vida como la seguridad y la salud pública, pero ¿debe meterse en nuestras decisiones personales? Si el gobierno decide qué es «moralmente correcto» o «bueno para todos», ¿dónde queda nuestra libertad para elegir?
Lo que necesitamos es un gobierno que nos dé las herramientas necesarias para tomar nuestras propias decisiones. Pero el paternalismo estatal que busca decirnos cómo vivir, más allá de lo básico, está cruzando la línea.
El gobierno debe ser un ente regulador, asegurando que todos tengamos las mismas oportunidades y protegiendo nuestros derechos. Pero cuando se convierte en el gran juez de lo que está bien o mal en nuestra vida personal, pierde su papel de servidor y se convierte en controlador.
Los ciudadanos deben ser libres para decidir cómo vivir, qué consumir y qué valores adoptar, sin que el gobierno nos diga qué es lo «correcto». La autonomía personal no debe ser sacrificada en nombre de políticas que, aunque bien intencionadas, terminan limitando nuestra libertad.
Las opiniones aquí vertidas son el punto de vista personal del autor y no necesariamente representan la posición oficial de Hedosapiem, sus editores o colaboradores.


