Elon Musk ya no necesita estar en el gobierno para formar parte del gobierno. Puede irse a Marte —o a Tulum, que a veces parece lo mismo— y su red seguirá operando desde dentro. El aparato que ayudó a montar está diseñado para funcionar sin él. O mejor dicho, sin que lo veamos.
Hace unos días, el Departamento de Government Efficiency (DOGE), se apareció en las oficinas del Peace Corps buscando recortes. No estrategias, no impacto social, no evaluación. Solo recortes. Exactamente lo que uno esperaría de un grupo creado por un empresario obsesionado con despedir gente y “reducir grasa” en cualquier estructura que huela a lo público.
Mientras tanto, en la GSA —la agencia federal que gestiona desde los edificios hasta las sillas del gobierno—, el director interino Stephen Ehikian anunciaba en un town hall que el próximo paso es “consolidar” funciones como compras, finanzas y sistemas de información. Todo bajo un mismo paraguas. Menos redundancia, dicen. Más eficiencia, aseguran. Pero lo que se traduce es: más control, menos voces, menos proceso.
DOGE tiene una meta tan ambiciosa como absurda: ahorrar un trillón de dólares. No importa cómo, ni a costa de qué. Algunas de sus acciones ya fueron frenadas en tribunales. Otras, simplemente inflaron cifras sin sustento. Pero la narrativa sigue corriendo: reducir, recortar, optimizar. Aunque el resultado sea una maquinaria pública mutilada e incapaz de operar.
Y mientras Musk declara que se va, nadie se lo cree. Porque aunque ya no se siente en las reuniones del gabinete ni duerma en las oficinas del Eisenhower Executive Office Building, sigue mandando. Tiene a sus aliados ubicados estratégicamente en agencias clave: la Oficina de Administración de Personal, el Departamento de Estado, la Secretaría de Transporte y la propia GSA. Muchos son ex empleados de sus empresas en Silicon Valley, otros salieron directamente de su super PAC America PAC, que inyectó cerca de 300 millones de dólares en la campaña de Trump en 2024.
Musk no necesita un cargo para mandar. Tiene algo más poderoso: acceso, lealtad y diseño. Es el inversionista, el arquitecto y el productor ejecutivo de una reforma burocrática hecha a su imagen: velocidad sin pausa, cero paciencia para el proceso público y profundo desprecio por las estructuras colectivas.
Y lo más inquietante es que esta no es una ocurrencia de millonario aburrido. No es un berrinche de genio techie con complejo de emperador. Es una estrategia articulada, institucionalizada y legitimada desde el propio poder. Lo dijo el vicepresidente JD Vance sin matices: “El trabajo de Elon no está ni cerca de terminar”.
Y claro que no. Porque la idea no es que Elon Musk esté.
La idea es que Elon Musk quede.
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Excelente artículo