Bueno, bueno, bueno… México lo volvió a hacer. Como cada sexenio, el gobierno encontró una nueva forma de “cuidarnos”, como si todos fuéramos niños de preescolar sin criterio.
Ahora resulta que prohibirán la venta de comida chatarra en escuelas y zonas cercanas. Adiós a las papitas, refrescos y galletas rellenas que te salvan el día cuando olvidaste desayunar. Porque claro, el verdadero enemigo de México no es la inflación, la inseguridad o el narcotráfico… son las papas fritas.
No me malinterpreten: no estoy defendiendo que llenemos a los niños de azúcar y sodio hasta que les truene el páncreas. Pero ay, qué cómodo es hacer leyes para la tiendita de la escuela, mientras se hace de la vista gorda con otras “dietas” mucho más pesadas: las del gasto social sin control.
Déjenme les cuento: mientras se sataniza al “gansito traidor”, cualquiera puede usar las tarjetas de las Becas del Bienestar para comprar lo que le venga en gana. Celulares, pantallas, alcohol, cigarros, zapatos de marca… menos libros, claro está. ¿Y quién regula eso? Nadie. Porque ahí sí, la libertad de consumo es sagrada, intocable y patriótica. ¿Pero si un niño quiere un Boing y un Pingüino? ¡Anatema! Que se lo lleven a nutrición infantil de inmediato.
Ahora comparen eso con las tarjetas de vales que se dan en algunas empresas: ahí sí, todo controlado. “No puede comprar cigarros, ni alcohol, ni frituras, ni chicles, ni revistas, ni aire si no está empacado en envase autorizado”. Porque claro, cuando es dinero de la empresa privada, el control es bienvenido. Pero si es del erario, que ruede el dinero y que viva la anarquía del OXXO.
¿Dónde está la coherencia, mis amores?
¿Por qué el Estado puede restringirle la papita a un niño, pero no puede sugerirle al adulto cómo usar el dinero que viene del pueblo mismo?
¿Por qué el moralismo nutricional aplica solo cuando conviene políticamente?
La verdad es que estas políticas no se sienten como estrategias para mejorar la salud pública. Se sienten como distractores.
Mientras debatimos si la tiendita vende chatarra o no, nadie se pregunta por qué la escuela no tiene agua potable, por qué el hospital más cercano está a 50 kilómetros, o por qué un estudiante no tiene acceso a internet pero sí a una consola de videojuegos comprada con beca.
¿Soluciones? Claro que hay.
Educación nutricional real (no solo un cartel con el Plato del Bien Comer), transparencia en el uso de apoyos gubernamentales, y una política pública que no huela a doble moral con edulcorante.
Pero bueno… ¿qué sabrá esta tía?
Seguramente estoy amargada porque me quitaron las donitas del recreo.
Lo bueno es que todavía puedo comprarlas con la tarjeta de mi sobrina, la de su beca.
La Tía Sarcástica no está disponible para juntas los domingos. Ni los lunes. A veces los martes tampoco.


