Lo que pasó en el Auditorio Telmex no debería sorprendernos, pero sí debería indignarnos. En pleno concierto de Los Alegres del Barranco, mientras tocaban el corrido El del palenque, se proyectaron imágenes de “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Sí, en una de las salas más importantes del país. Y sí, con aplausos del público.
La presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó al día siguiente. Dijo que estuvo mal, que se debía investigar, que no se puede hacer apología del crimen. Ay, Claudia… tan cerca de Palenque y tan lejos de Teuchitlán.
El Auditorio Telmex —que pertenece a la Universidad de Guadalajara— se lavó las manos: “nosotros solo rentamos el espacio”.
Y la fiscalía de Jalisco ya abrió una carpeta. Hasta ahí, el guión de siempre: escándalo, declaraciones, y luego el olvido.
Pero este escándalo no ocurre en el vacío. Ocurre en Jalisco. El estado con más personas desaparecidas en México. Más de 14 mil. Familias enteras buscando a sus hijos, padres, hermanos. Muchos de ellos, víctimas del mismo grupo criminal que fue proyectado en pantallas gigantes como si fuera parte del show.
Hace poco más de un año se descubrió el Rancho Izaguirre, a las afueras de Guadalajara. Un lugar que, según colectivos de búsqueda, pudo haber funcionado como un campo de exterminio. Restos humanos, hornos artesanales, fragmentos calcinados. Un horror que en cualquier país paralizaría todo. Aquí, fue nota unos días. Y luego, otra vez, silencio.
Y ese silencio es el verdadero escándalo.
Hasta hoy, ni las autoridades estatales ni las federales han dado explicaciones claras sobre qué pasó ahí. No hay detenidos relevantes. No hay una versión oficial seria. No hay voluntad real de justicia. Solo hay madres buscadoras haciendo el trabajo que debería estar haciendo el Estado.
La responsabilidad del gobierno federal no puede limitarse a “tomar nota”. ¿Cuántos sitios como ese hay en el país? ¿Cuántas fosas más hacen falta para declarar una emergencia nacional por desapariciones? No una campaña. No un PowerPoint. Emergencia. Con recursos. Con personal. Con protocolos. Con presencia. Porque lo que hay ahora, simplemente, no alcanza.
En este contexto, proyectar la cara de “El Mencho” en un concierto no es una anécdota. Es una radiografía de cómo estamos: una parte del país aplaudiendo al narco, y otra cavando con las uñas en busca de huesos.
Algunos defienden los narcocorridos como parte de la cultura popular. Está bien debatirlo. Pero una cosa es contar la violencia, y otra muy distinta es celebrarla. No confundamos expresión cultural con propaganda criminal. No todo lo que vende se justifica.
El problema no son solo los músicos. Tampoco es solo el público. Es un Estado que no imparte justicia. Es una sociedad que se está anestesiando ante la violencia. Es un país donde normalizamos lo que debería escandalizarnos todos los días.
No, no fue solo un concierto. Fue la postal perfecta de un país que no encuentra a sus desaparecidos, pero sí encuentra tiempo —y pantallas gigantes— para aplaudir a sus verdugos.
Las opiniones aquí vertidas son el punto de vista personal del autor y no necesariamente representan la posición oficial de Hedosapiem, sus editores o colaboradores.



Un Comentario
Excelente, felicidades!