Gorillaz escala nuevas alturas con The Mountain

Con The Mountain, Gorillaz vuelve a demostrar por qué sigue siendo una de las bandas más impredecibles del pop contemporáneo. El nuevo álbum mezcla electrónica, hip-hop y sonidos del mundo en una obra ambiciosa que mira tanto hacia el futuro como hacia la memoria musical del proyecto creado por Damon Albarn y Jamie Hewlett.


A lo largo de más de dos décadas, Gorillaz ha sobrevivido a casi todo: cambios de época, revoluciones tecnológicas, crisis de la industria musical y el desgaste inevitable de cualquier proyecto creativo que se prolonga demasiado tiempo. Lo que comenzó en 2001 como una banda virtual concebida por Damon Albarn y el ilustrador Jamie Hewlett terminó convirtiéndose en una de las plataformas musicales más libres del pop contemporáneo, un laboratorio donde el hip-hop, el rock alternativo, la electrónica y la música global conviven sin pedir permiso.

Su nuevo álbum, The Mountain, parece entender perfectamente esa historia. Más que un simple lanzamiento dentro de su discografía, el disco funciona como una especie de expedición sonora: un viaje por geografías musicales, memorias compartidas y colaboraciones improbables que terminan formando un mosaico tan ambicioso como caótico.

El resultado es un álbum que suena a exploración. Y, en ciertos momentos, incluso a despedida.

Cuatro figuras estilizadas en una cima de montaña observando un cielo nublado al atardecer, con el título 'पर्यटन' en la parte superior.

Desde sus primeras canciones, The Mountain deja claro que Gorillaz sigue interesado en borrar las fronteras entre géneros. Las bases electrónicas y los grooves hip-hop que siempre han definido al proyecto siguen ahí, pero el álbum abre espacio para texturas más amplias: instrumentos tradicionales del sur de Asia, arreglos orquestales inesperados y pasajes que rozan lo espiritual.

Esa amplitud sonora no es casualidad. Albarn ha pasado gran parte de su carrera explorando la música global —desde proyectos africanos hasta colaboraciones con músicos del Medio Oriente— y aquí esa curiosidad se convierte en el eje del disco. Varias canciones cambian de idioma, de ritmo y de atmósfera con una naturalidad que pocos artistas pop se atreverían a intentar.

El álbum parece moverse como si fuera un mapa sonoro del planeta. Una canción puede comenzar con sintetizadores minimalistas y terminar con percusiones tradicionales; otra arranca como un track de trip-hop y acaba convertida en una pieza casi mística. Esa elasticidad musical siempre ha sido la marca de Gorillaz, pero en The Mountain alcanza uno de sus puntos más ambiciosos.

Como es tradición en la banda, las colaboraciones ocupan un papel central. Gorillaz nunca ha sido un proyecto solitario, sino una plataforma donde diferentes generaciones de músicos dialogan entre sí. Aquí aparecen invitados que van desde leyendas del rock alternativo hasta productores contemporáneos del mundo latino y la electrónica global.

Pero lo que realmente distingue a The Mountain es su relación con el pasado. Varias canciones incluyen grabaciones y colaboraciones póstumas de artistas que marcaron etapas anteriores del proyecto, entre ellos el pionero del afrobeat Tony Allen y el legendario soulman Bobby Womack. Escucharlos dentro del disco produce una sensación extraña y conmovedora: no es nostalgia, sino algo más cercano a una conversación que atraviesa el tiempo.

Ese diálogo entre generaciones se convierte en uno de los temas invisibles del álbum. Si en discos como Demon Days o Humanz Gorillaz exploraba el caos político y cultural del mundo contemporáneo, aquí el foco parece estar en la memoria. En cómo las canciones, las colaboraciones y las amistades musicales sobreviven incluso cuando sus protagonistas ya no están.

Una escena de una cueva con una montaña de fondo, donde una pequeña embarcación navega por un río rodeado de neblina y vegetación.

El tema que da nombre al álbum funciona como la pieza central de esa idea. “The Mountain” es una composición expansiva, casi cinematográfica, que avanza lentamente entre capas de sintetizadores, percusión orgánica y voces que aparecen y desaparecen como si fueran ecos en una montaña real. Más que una canción pop convencional, parece un paisaje sonoro.

No todo el álbum es contemplativo, sin embargo. Algunas canciones recuperan el humor ácido que siempre ha caracterizado a Albarn. Hay momentos de sátira política, grooves bailables y experimentos electrónicos que recuerdan por qué Gorillaz sigue siendo una de las bandas más impredecibles del pop moderno.

Esa mezcla de ambición y caos es parte del encanto. The Mountain no es un disco perfectamente pulido ni intenta serlo. A diferencia de la música diseñada para las playlists algorítmicas de la era del streaming, el álbum se siente deliberadamente irregular: una obra que prefiere explorar antes que simplificar.

Quizá por eso mismo resulta tan interesante. En una industria obsesionada con los hits inmediatos y las canciones pensadas para durar apenas unos segundos en redes sociales, Gorillaz sigue apostando por proyectos que funcionan como experiencias completas.

Después de veinticinco años, el experimento que comenzó como una banda ficticia continúa evolucionando como si fuera un organismo vivo. Y The Mountain demuestra que, incluso en su etapa más madura, Gorillaz todavía tiene la capacidad de sorprender.

Tal vez esa sea la verdadera cima que el álbum intenta alcanzar: no la perfección, sino la libertad creativa.

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